Brasil no es un país, es un continente. Desde el Amazonas hasta las pampas, pasando por la exuberancia del Pantanal y el sol del Sertão, ocupa casi la mitad de Sudamérica. Es un territorio abrumador que solo se deja conquistar por partes. En esa inmensidad, las distancias se miden en horas de vuelo y los paisajes parecen no terminar nunca.
En las ciudades ocurre algo similar: la escala urbana es monumental. Si no fuera porque los brasileños están convencidos de que hablan español y nosotros creemos hablar portuñol, nos sentiríamos anónimos y extraviados. En esa geografía inabarcable existe una ciudad en el sur, en la región del Paraná, que ha puesto su nombre en el mapa de la alta cocina: Curitiba. Allí, en una calle cualquiera, la escala monumental de Brasil se convirtió, de pronto, en la cercanía de un hogar.
Habíamos atravesado un país de 200 millones de personas para encontrarnos en un salón donde apenas cabíamos veinte. Nos esperaban desde temprano. Éramos sus invitados de esa noche. A pesar de que Manu Buffara, nuestra anfitriona, estaba en las Maldivas llevando su cocina a otro rincón del mundo, su mano se sentía en cada detalle: las flores recién cortadas, los vegetales frescos, la mesa lista y el fuego encendido. Su equipo se movía con un ritmo cálido, silencioso y alegre. La atención uno a uno nos hacía sentir parte de esa familia.
Todo en Manu fue un ejercicio de intimidad: la relación con la tierra, con la biodiversidad, con las abejas y con los huertos. Desde la bienvenida hasta el final. En cada una de las cinco mesas nos esperaba un pergamino grabado con nuestros nombres, la fecha y los detalles de la cena. A la salida, un obrigado, una sonrisa y una funda de pan recién horneado. Amor y cuidado en forma de harina y levadura para que el primer recuerdo de la siguiente mañana fuera, todavía, el sabor de su casa.
No sabíamos que en Brasil el café da manhã era un verdadero ritual de hospitalidad. El desayuno no es un mero trámite, sino una celebración de abundancia y cuidado. Al darnos ese regalo, Manu y su familia se estaban asegurando de que su hospitalidad y calidez se quedaran con nosotros. Y así fue: a la mañana siguiente, en la habitación del hotel, el aroma del pan recién cortado logró vencer la distancia; cada bocado nos devolvía a aquel salón y nos hacía sentir, de nuevo, como en casa.
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RESTAURANTE MANU
Alameda Dom Pedro II, 317 – Batel, Curitiba, 80420-060, Brasil