El vino es un universo que exige estudio, agudeza sensorial, memoria y mucha práctica. Cuando empecé en esto, las tres máximas que aprendí fueron: el término vino se aplica exclusivamente al mosto fermentado de la vitis vinifera; Champagne es una denominación de origen y el terroir, esa alianza entre suelo, clima y geografía, es lo que otorga a cada botella su naturaleza irrepetible.
Recordaba esto mientras buscábamos nuestro equipaje entre los miles que estaban perdidos o habían terminado por error en el aeropuerto de Schiphol. Era curioso que, así como los vinos de nuestra cava, las maletas estuviesen agrupadas por sus denominaciones de origen. Insistimos una y otra vez durante varios días, hasta que entendimos que no podíamos esperar más. Teníamos que continuar el viaje.
Aterrizamos en Estambul con lo que llevábamos puesto. Estábamos en la ciudad de los sultanes, las especias y la seda; de Suleimán, Sinan y Atatürk; del Cuerno de Oro, la Mezquita Azul y la eterna Hagia Sophia. Desde la terraza de Mikla, el restaurante donde nació la Nueva Cocina de Anatolia, admirábamos la capital imperial y nos sentíamos abrazados por esa inmensidad. Habíamos llegado puntuales a nuestra cita para descubrir una herencia vinícola de más de siete mil años. Con etiquetas de prestigiosas bodegas de Tracia y el Egeo, este era el lugar perfecto para confirmar —o eso creía yo— cuánto sabía de vinos.
Aún sin maletas, continuamos hacia Cappadocia. El viento estuvo a nuestro favor y lo que había soñado por tanto tiempo estaba a punto de suceder. En el frío silencio de la mañana, una constelación infinita de colores inundó de pronto el horizonte: éramos cientos de globos sobrevolando los valles, las chimeneas de hadas y los pequeños viñedos locales. Jamás olvidaré ese amanecer. Suspendidos en el espacio, mientras los turistas sonreían para sus fotos, nosotros nos quedamos con todas las instantáneas en la mirada.
En tierra, no había cristalería fina ni decantadores. Solo un remolque, una mesa plegable y un espumante sin nombre. Aprendí entonces la lección que me faltaba: el vino no es un examen ni una nota de cata; es una experiencia personal. Por primera vez le di la razón a quien siempre me dice que el mejor no es el del puntaje más alto, sino el que se bebe en complicidad y en el momento exacto. ¡Maktub! En aquel brindis improvisado, la técnica se dejó vencer por la vida.
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MIKLA
The Marmara Pera, Asmalı Mescit, Meşrutiyet Cd. No:15, 34430 Beyoğlu/İstanbul, Turquía