La Calle del Espíritu Santo

CELELE RESTAURANTE

Estuvimos en aquel territorio en donde lo imposible se vuelve cotidiano. En el que dejamos de buscar explicaciones y vemos la magia en cada rincón. Allí, el asombro no es la excepción, sino el ingrediente principal de la vida. Esa Latinoamérica fantástica tiene su puerto principal en el Caribe colombiano. Como un bloque de hielo eterno, una lluvia de flores amarillas o una nube de mariposas que precede al amor, habíamos llegado desde Macondo hasta Cartagena.

Mientras seguíamos la pista del Gabo por las calles amuralladas, nos detuvo una imagen: al destapar la tercera hornacina del altar mayor, se desparramó una cabellera de color cobre, de veintidós metros y once centímetros de largo, perteneciente a una niña. Estábamos frente al antiguo convento de Santa Clara y fue inevitable sentir de golpe su misma sorpresa. En la lápida apenas se leía el nombre: Sierva María de Todos los Ángeles.

Esa sensación de hallazgo, de revelación, de encontrarnos inesperadamente con lo extraordinario, se repitió una vez más en una esquina del barrio de Getsemaní. Los balcones con flores, el agua de coco y las palenqueras nos guiaban sin saberlo al lugar donde un jardín entero florece en un plato. No eran los bichitos que se posaban sobre la cabellera de Sierva María, sino una arqueología botánica y poética de flores caribeñas: desde los pétalos encurtidos del bastón de emperador hasta el azul profundo de la clitoria, la fragante plumeria y la acacia colombiana.

Cada bocado estaba endulzado con fruta de marañón encurtida, crema de nuez de marañón y semillas tostadas, verdes frescos de ‘Granitos de Paz’ y una vinagreta con pasiflora. Quien diga que se trata solo de una ensalada se equivoca: es el aleteo de la vida que se resiste a estar quieta, una diosa coronada, un ave a punto de emprender el vuelo.

Llevaba conmigo un ejemplar de Del amor y otros demonios, la novela que hoy nos servía de guía. Al abrir una página al azar, leí: No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad. Ahí, entre flores de acacia y marañón, entendí que Celele no es solo laboratorio y cocina contemporáneas, sino magia, bálsamo y felicidad.

Afuera, apoyadas en la pared azul, aguardaban nuestras maletas. El reloj reanudó su marcha luego de haberse detenido, por un instante, en el universo de los Buendía. Hasta pronto, Cartagena. Nos llevamos el Caribe en la memoria y el asombro prendido de la solapa.

Cartagena | América | Bites

Fuera de la carta

CELELE RESTAURANTE

Calle del Espíritu Santo, Cra. 10c #29-200, Getsemaní, Cartagena de Indias, Colombia

IG celele_restaurante

www.celelerestaurante.com

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